«Una mirada crítica al mundo de la inversión». Así es como describe Marcos Pérez su blog de inversión elinversobrio.com. Marcos, reconocido miembro de la comunidad tuitera como @inversobrio, es un experto asesor independiente en finanzas enormemente comprometido con la cultura financiera. Su interés y experiencia en la inversión se han visto premiados con el privilegio de poder participar como ponente en una TedTalk sobre inversión. Hoy Marcos nos cuenta cómo ve y entiende la inversión.

¿Cuál es tu experiencia en el mundo de la inversión?

Recuerdo muy bien cuando empecé a trabajar en la industria porque coincidió con la semana del ataque a las Torres Gemelas de New York de septiembre de 2001. Mi primer trabajo consistía en atender a los clientes particulares en un bróker de Barcelona. En aquellos años Internet todavía no era el canal mayoritario para operar, así que la mayoría de los clientes llamaban por teléfono para cursar sus órdenes de compra/venta, o incluso se presentaba personalmente en las oficinas a rellenar las boletas. Guardo muy buenos recuerdos de aquella época y la gente que conocí en Barcelona.

Poco después trabajé como analista de derivados en un bróker institucional a las afueras de Madrid. Al principio mis tareas eran mucho más estimulantes intelectualmente que simplemente cursar órdenes, pero mucho más aislado también, pues dejé de tener contacto personal con inversores. Me dedicaba a valorar derivados y productos estructurados que la casa emitía para clientes institucionales. Era como hacer trajes a la medida usando siempre las mismas tijeras, agujas y patrones prefijados.

Un tiempo después me llegó la oportunidad de trabajar como director de riesgos en una nueva gestora de fondos que, aunque su matriz era una gestora de hedge funds (fondos de inversión libres) en Suiza, acababa de domiciliarse en Madrid. Mis responsabilidades oficiales eran las de medir y vigilar los riesgos de los fondos para cumplir con la legislación vigente y sus folletos, pero aquello me dio la oportunidad de aprender mucho más sobre las estrategias utilizadas por los hedge funds. En aquella época todo aquel zoo de estrategias de gestión alternativas o retorno absoluto eran aún material exótico y desconocido en el panorama ibérico. Tuve la suerte de aprender al pie del cañón cómo se desarrollaban, testeaban e implementaban estrategias de arbitraje estadístico, pair-trading, estrategias macro, trend-following, market-neutral, etc.

Hasta que me llegó la oportunidad que siempre había buscado, la de gestionar fondos de inversión, gracias a Renta 4. Entre otros, me encargué de lanzar el primer fondo de fondos de gestión alternativa (FIFIL) en España. Con tan mala suerte que su lanzamiento coincidió con el fatídico otoño de 2008, provocando que el fondo se tuviera que cerrar a los pocos meses por falta de interés inversor en plena crisis financiera y económica.

Gracias al caos de los años tras la crisis, aproveché para dar un giro de 180 grados a mi carrera. Tuve una especie de epifanía y me di cuenta del punto fundamental que desde entonces ha guiado mi filosofía de inversión. Y es que en un entorno complejo e impredecible como el de los mercados financieros, las estrategias con más posibilidades de sobrevivir y medrar no son las más sofisticadas, complejas o que parezcan más inteligentes; sino las más simples y en coherencia con la naturaleza fundamental de los mercados. Así que viré hacia la máxima simplicidad a la hora de invertir. Me alejé del estrés, cortoplacismo y el ruido propias de la industria, y desde hace unos años me centro en implementar y transmitir lo aprendido.

Cuando trabajaste en el sector de la inversión ¿qué fue lo que no te gustaba y por qué decidiste ser coaching independiente?

Volviendo a mi primera experiencia como bróker en la Barcelona de principios de siglo, lo que más me sorprendió es que la inmensa mayoría de los clientes perdían dinero al operar en los mercados.

Tal vez pecaba de inocente, pero viniendo del mundo de la ciencia en el que uno piensa detenidamente las cosas antes de hacerlas (estudié Física antes de entrar en esta industria), esperaba justo lo contrario. De hecho, estaba tan preocupado por la cantidad de dinero que los clientes perdían —especialmente los que operaban apalancados con futuros— que elaboré un Excel para mi jefe donde pudiera ver que, de seguir así, en uno o dos años la casa perdería casi todos sus clientes. Los hechos eran y siguen siendo muy crueles: apenas un 2% de los clientes conseguían suficientes beneficios como para vivir de ello, y más de un 80% de los clientes cerraban su cuenta arruinados en menos de 2 años.

Como cuento al principio de mi charla TEDx, cuando le mostré “el problema” a mi jefe, éste reaccionó soltando una carcajada. Con algo de sorna me dijo que “no me preocupara”, que eso era “lo normal”, y que por eso “los ventas” (el personal encargado de conseguir nuevos clientes) salían todos los días a buscar nuevos “pardillos” a los que engatusar con el espejismo de hacerse millonarios rápidamente haciendo trading. Mi jefe tenía razón, siempre había un flujo de nuevos e ilusionados clientes —que esperaban “vivir del trading” o incluso hacerse millonarios a base de apalancar sus apuestas con futuros (entonces aún no existían los CFDs)—, que compensaba el cierre de cuentas de los arruinados. Para los que desconozcan este mundillo y quieran hacerse una idea visual, la escena de la comida entre Leonardo DiCaprio y Matthew Mcconaughey en la película “El Lobo de Wall Street”, describe de manera muy realista aquella charla que tuve en Barcelona con mi primer jefe.

Desafortunadamente, hay una parte de la industria que no tiene ninguna compasión con los clientes. Para ellos son simples vacas a las que exprimir hasta la última gota de leche. Y cuando están exhaustas, se sustituyen con nuevas vacas: son los “pardillos” ilusionados con “ganarse la vida con el trading” o multiplicar un pequeño capital en pocos pasos. Internet está lleno de su publicidad engañosa, prometiendo rentabilidades de fantasía. Los profesionales sabemos que eso es imposible, y a mí personalmente me duele mucho que una parte de la industria se aproveche de la incultura financiera —endémica y perpetuada en este país por el lobby bancario— para seguir cobrando comisiones sin importar las consecuencias.

Otra parte de la industria, la de los fondos de inversión, es más discreta. No venden el sueño de vivir de los mercados o hacerse millonario, pero comercializan productos que son intrínsecamente inferiores a otras opciones disponibles; o que incluso adaptándose al perfil del cliente, saben que es muy improbable que le sean rentables. La industria de los fondos en España es una industria de distribución (como la Coca-cola en los bares), donde la calidad del producto o gestor no cuenta; sólo cuentan las retrocesiones que los colocadores y vendedores se embolsan al endosarle al cliente —convenientemente lego en la materia— productos ineficientes o inadecuados. Para el que quiera profundizar y desconozca todavía esta realidad, me remito a los trabajos que anualmente actualizan SPIVA y Pablo Fernández del IESE sobre las rentabilidades que obtienen la inmensa mayoría de fondos en España y el mundo.

También es cierto que hay magníficos profesionales, honestos y con un conocimiento profundo de la industria de inversión, que construyen su carrera alineándose con los intereses de los clientes que asesoran o gestionan. Pero me atrevería a decir, sin haber tenido la oportunidad de conocer a toda la industria, que no son la mayoría.

Teniendo en cuenta que los factores más importantes a la hora de invertir con éxito son los tres que podemos controlar (esto es: 1. Los costes, 2. El asset allocation o modelo de distribución de activos en cartera, y 3. Nuestro comportamiento y actitud durante el tiempo que necesita la estrategia para converger hacia sus resultados); con los años me he dado cuenta de que incluso dominando técnicamente los dos primeros factores y contando con una estrategia de inversión rentable, el tercero es el que marca la diferencia a nivel personal.

Un ejemplo clarificador de la importancia de este tercer factor fue el fondo Magellan de Peter Lynch. A pesar de dar una rentabilidad anual media del 29.2% entre 1977 y 1990, ninguno de sus suscriptores alcanzó dicha rentabilidad y muchos fueron los que perdieron dinero invirtiendo en dicho fondo (!). La razón es que la inmensa mayoría de inversores entraban y salían según el comportamiento del fondo en sus últimos meses (suscribían el fondo cuando aparecía en prensa tras una fuerte subida, y vendían asustados tras una fuerte caída), en vez de permanecer “quietos” e invertidos para permitir que la estrategia pudiera converger a su rentabilidad media de largo plazo.

La realidad es que a nivel personal nos resulta muy difícil permanecer fiel a la estrategia durante los años que necesita, independientemente de la que hayamos elegido. Por un lado, la propia volatilidad de los mercados (sus variaciones de precio de un día para otro) va a hacer que pongamos en duda nuestro plan prácticamente a diario, especialmente cuando llega un mercado bajista (algo que inevitablemente le ocurre a todo activo o estrategia cada ciertos años). Por otro lado, la propia industria y los medios están a todas horas bombardeándonos con nueva información, empujándonos a que “hagamos algo” al respecto de lo que acaba de pasar. Es noticia el gestor que más rentabilidad está dando este año, o el activo que más subió el año pasado (como si tuviera alguna utilidad recordarnos que, en una actividad donde miles de gestores hacen miles de apuestas, alguien compró el activo que más subió). Es decir, nos empujan a que “hagamos trading” (generando comisiones) o vayamos saltando de estrategia en estrategia y de fondo en fondo como los inversores del Magellan. La cosa aún se ha puesto más difícil para los inversores en la última década, pues la redes sociales, aunque muy útiles si uno sabe utilizarlas, no han hecho más que agravar esta situación al convertirse en cajas de resonancia que amplifican emocionalmente la volatilidad y las inútiles noticias.

Así, me centro primero en ayudar a encontrar el tipo de estrategia que mejor se adapte a la personalidad de cada uno, junto a los mejores productos y servicios para implementarla. Y después, intento caminar al lado del inversor para que deje que su plan converja hacia sus objetivos de largo plazo. En otras palabras, intento evitar lo que llamo la “iatrogenia inversora”, o que uno mismo se convierta en el peor enemigo de sus inversiones.

¿Cuál es el consejo número uno que das a alguien que invierte por primera vez?

En primer lugar, que se pregunte qué es lo que realmente está buscando al invertir y compruebe si hay evidencia empírica sobre si es posible o no conseguir lo que espera. Esto requiere inevitablemente un estudio previo, espíritu crítico y reflexión sosegada (cosas que a casi nadie le apetece hacer). Mucha gente acude equivocadamente a los mercados con la esperanza de alcanzar unas rentabilidades imposibles que sólo se ven en las películas o en la publicidad de brókers desaprensivos.

Otros no se dan cuenta de que no buscan rentabilizar sus ahorros, ni siquiera ganar dinero. Acuden a los mercados buscando diversión y/o emociones fuertes, como quien antes acudía al casino o ahora hace apuestas deportivas en su móvil. Desgraciadamente este tipo de participantes en los mercados (el tipo de cliente preferido por los brókers) suele efectivamente encontrar esas emociones que busca, pero a costa de perder su patrimonio. Cuando conozco a alguien de este perfil, intento que se dé cuenta de que invertir como excusa para evitar el aburrimiento es la peor de las ideas que puede tener. Suelo proponer que se apunte a un grupo de puénting o paracaidismo: le saldrá mucho más barato que engancharse a la esquizofrenia de los mercados y operar indiscriminadamente hasta perder todo su patrimonio.

Otros confunden riesgo con volatilidad (ver más abajo), y renuncian a rentabilizar sus ahorros en el largo plazo simplemente porque los mercados “se mueven mucho” en el corto y medio plazo.

¿Cuál dirías que es el error más común que comete la mayoría de los inversores?

No comprender, en un sentido fundamental, lo que están haciendo. Mucha gente confunde el conocimiento de los instrumentos, su legislación y su funcionamiento; con el hecho de saber invertir. Me he encontrado con auténticos especialistas en derivados que dominaban el aspecto matemático, computacional y legal de su operativa a la perfección, pero eran incapaces de identificar qué tipo de hipótesis subyacentes sobre los mercados estaban asumiendo al invertir.

Para mí invertir es, en última instancia, hacer con nuestro patrimonio una declaración sobre cómo creemos que es y funciona el mundo. Los mercados utilizan un lenguaje y unos instrumentos tan variados y sofisticados, que es fácil perderse en su jerga y complicaciones, confundir productos con estrategias; hasta el punto de no saber qué es lo que estamos haciendo en realidad al utilizarlos.

¿Qué le dirías a alguien que está pensando invertir con una entidad bancaria?

Acudir a la sucursal de su entidad bancaria es la respuesta por defecto del inversor o ahorrador típico español. Acostumbrado culturalmente a que todo lo relacionado con las finanzas pase por su banco “de toda la vida”, lo primero que va a hacer el ahorrador típico cuando se le despierte el gusanillo de la inversión es consultar con el director de su sucursal “de toda la vida”, sin explorar ni estudiar críticamente otras opciones.

El inversor novel tiene que darse cuenta de que la sucursal de su banco es un puesto de distribución masiva de productos financieros (se puede imaginar que su “banco de toda la vida” es una churrería que sólo vende sus churros, y se acercará mucho a la realidad de esta industria), no el lugar donde van a atenderle de manera independiente. El inversor novato no tiene que confundir el hecho de estar hablando con el director de su sucursal, que le atiende personalmente en su despacho, con el hecho de que le van a colocar, independientemente de su situación personal, aquellos productos que este trimestre están siendo fuertemente promocionados por sus superiores. Lo que parece una recomendación personalizada, suele ser la manera de cubrir el cupo de ventas que tiene asignada dicha sucursal.

El inversor español medio sufre lo que Martín Huete ha bautizado acertadamente como el “Síndrome de Estocolmo Bancario”. Es decir, no sabe separar los diferentes tipos de servicios financieros que su banco le da, lo mete todo en el mismo saco, acepta mansamente todo lo que éste le ofrece y permite que los intereses del banco perjudiquen sus propios intereses. De alguna manera, el cliente con este síndrome de Estocolmo cree que todo lo que le ofrece su banco es, en general, bueno para él. Si no, no se entiende que la media docena de fondos más vendidos en España estén entre los peores de los miles de fondos disponibles en Europa, o que acepte sin quejarse unas comisiones abusivas impensables en otros ámbitos.

Por ejemplo, para tener exposición a la rentabilidad del índice de bolsa norteamericano S&P-500 podemos utilizar muchos instrumentos diferentes. Pero en España hay clientes invertidos en fondos que replican dicho índice con una comisión anual del 2.25%, mientras están disponibles otras opciones por una comisión del 0.04%. ¡Eso es 56 veces más caro! Es como si para echar gasolina pudiéramos elegir entre dos gasolineras, una con la gasolina a 1.25€/litro y la otra a 70€/litro. ¡Y escogiéramos la de 70€/litro porque “es la gasolinera al lado de casa” o “la de toda la vida”!

El inversor novel desconoce o no da importancia a estos “matices” de inversión (y los bancos, sin la más mínima intención de ilustrarle, se aprovechan de ello mientras esta situación perdure), pero son detalles imprescindibles si de verdad se quiere rentabilizar los ahorros de manera factible y eficaz. Baste recordar que una diferencia del 2%-3% en comisiones totales pagadas anualmente —como las que acaban pagando la mayoría de clientes de banca privada cuando se suman las diversas capas de comisiones— hace que dejemos de ganar la mitad del capital que podríamos acumular en el largo plazo.

¿Por qué motivo recomendarías invertir a largo plazo?

Sólo en el largo plazo permitimos a nuestra estrategia converger a sus resultados esperados. Las propiedades de los activos financieros y su asset allocation sólo se hacen evidentes y nítidas en el largo plazo, pues en el corto y medio plazo están dominadas por el bipolar y esquizofrénico ruido del mercado, que exagera cualquier noticia o cualquier escenario de maneras imprevisibles.

Lo malo es que, por nuestra propia naturaleza, vamos a querer darle un significado a todo movimiento del mercado, por corto que sea el plazo. No podemos evitarlo, somos muy malos conviviendo con el ruido y preferimos inventarnos narrativas que lo expliquen —aunque probablemente estén equivocadas— antes que aceptar una ausencia de significado.

En el corto plazo lo que más daño nos puede hacer es la volatilidad. Pero no por las razones que habitualmente se proponen (la industria, incluida la CNMV, identifica erróneamente volatilidad con riesgo), sino porque puede llevarnos a actuar de manera contraproducente como en el caso de los inversores del fondo Magellan.

Efectivamente, no hay que confundir volatilidad con riesgo: El riesgo es la posibilidad de pérdida permanente del capital invertido. Esa posibilidad está relacionada principalmente con la dinámica subyacente del activo en cuestión (el “motor” que la genera y en la que está basada la estrategia), no en “cuánto se mueve” su precio en el corto y medio plazo (la definición de volatilidad). Hay pues que centrarse en las características intrínsecas del activo y/o estrategia, y obviar sus movimientos de corto plazo, que nos distraen de lo que realmente impacta en nuestro patrimonio en el largo plazo.

¿Cómo reaccionas cuando caen los mercados?

Casi la mitad de todos los días (un 48%) los mercados caen, y además el 95% del tiempo están por debajo de su último máximo. Es decir, estamos la mayor parte del tiempo en pérdidas virtuales si miramos todos los días el máximo anterior, y casi uno de cada dos días vamos a ver números rojos en los mercados. Preocuparse porque el mercado cae sería como preocuparse porque hacer deporte cansa o el agua moja.

Si nuestra inversión consiste en, mediante un sistema de aportaciones periódicas a lo largo del tiempo, aprovechar el crecimiento natural a largo plazo de los activos en una cartera bien diversificada, deberíamos alegrarnos cuando los mercados caen porque esa bajada de precio temporal nos permite comprar más barato y/o mayor cantidad en la próxima compra. Cuando invertimos de manera indexada, diversificada y global, nuestras inversiones no pueden “quebrar” como quiebra una empresa. Pueden quebrar algunos componentes de dichos índices. Pero los índices en sí no pueden quebrar porque “reciclan” sus componentes, al sacar aquellos que pierden e incorporar nuevos en crecimiento. Capitalizan así en el largo plazo lo mejor de cada época, de manera automática y prácticamente sin coste para el inversor.

Paradójicamente, nuestras emociones al invertir funcionan al revés. Nos ponemos (muy) nerviosos cuando el mercado cae de precio, pues no podemos evitar sentir que estamos perdiendo patrimonio, por muy racionalmente que sepamos que es temporal y parte del proceso. Al contrario, deberíamos reaccionar a las caídas en los mercados de la misma manera que reaccionamos a las rebajas de enero. Es gracias a la volatilidad de los mercados —esa que tanto nos duele en el momento que la sufrimos—, que van a surgir oportunidades de inversión a mejor precio y vamos a poder optimizar nuestras aportaciones.

¿Qué piensas sobre los ETFs y los fondos indexados?

Son la democratización de la inversión. Los ETFs y fondos que replican índices han puesto al alcance de todo el mundo, incluso de los patrimonios más modestos, una de las estrategias más eficaces y robustas que existen. Antaño, la inversión estaba reservada a los grandes patrimonios por ser increíblemente costosa a muchos niveles. Hoy podemos comprar miles de las principales y mejores empresas del mundo entero con un solo clic —incluida la gestión automática de las empresas que entran y salen de los índices a lo largo de los ciclos económicos— por un coste de unos pocos puntos básicos al año. Algo impensable hace sólo unas décadas.

¿Qué profesional destacarías en el mundo de la inversión y por qué?

El pasado 16 de enero murió Jack Bogle, el creador de los fondos índice como producto financiero de inversión al alcance de cualquiera. Para mí, ha sido el mayor benefactor de los ahorradores de todo el mundo que jamás haya existido. Durante las últimas cuatro décadas, su “cabezonería” ha destruido un paradigma de creencias erróneas en el mundo de la inversión. Por ejemplo, que para obtener buenas rentabilidades uno tiene que contar con un gran patrimonio (falso), que la mejor gestión es necesariamente cosa de genios (falso) o sólo se encuentra en exclusivos y caros productos (falso). Todas ellas creencias desmontadas con hechos gracias a la iniciativa que puso en marcha Bogle hace 43 años. Como un sistema de vasos comunicantes, todo el “daño” que ha hecho el proyecto de Bogle a la industria de la gestión activa y al subsector de la banca privada, se ha transformado y traspasado en beneficios hacia los millones de inversores de todo el mundo que hoy pueden planificar de manera mucho más eficiente y rentable sus objetivos financieros.

De hecho, podemos hacer una estimación aproximada de dicho impacto. Según Willis Towers Watson, de los aproximadamente $81 trillions de activos financieros gestionados en el mundo, el 21.6% o unos $17.5 trillions, están invertido actualmente en vehículos que dan exposición a índices. Por lo tanto, si se compara una comisión de gestión total media del 1% en vehículos tradicionales (incluyendo fondos de inversión y hedge funds, mucho más caros), con los costes medios totales en torno a 0.11% que cobra Vanguard y sus competidores de bajo coste, se llega a la conclusión de que la revolución de Bogle está ahorrando a los inversores en torno a los $155 billions al año. Cada año, año tras año.

Eso es dinero que en primer lugar se queda en los bolsillos de millones de personas que ahorran de forma más eficiente para su jubilación, los estudios de sus hijos o su casa soñada. Pero también es dinero que la industria de la gestión deja de ganar, por lo que en ciertos círculos de la industria Bogle no es precisamente un personaje muy admirado o popular. Algo que a él le traía sin cuidado, pues su objetivo nunca fue ser el más rico del cementerio, sino algo mucho más ambicioso: cambiar la industria de la inversión. ¡Y vaya que si lo consiguió!

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