En los últimos años, ha habido un aumento importante del riesgo geopolítico. Y, sin embargo, los mercados están en máximos históricos y parecen ignorar por completo noticias que deberían hacer temblar.
Evidentemente, el supuesto “mayor riesgo político = mercados a la baja” no se cumple.
Los mercados no descuentan un riesgo geopolítico genérico; descuentan las consecuencias macroeconómicas y de liquidez de la geopolítica.
Tomemos el caso de la acción militar estadounidense en Venezuela.
Para los mercados globales, la verdadera pregunta no es si hay una guerra, sino más bien: “¿cambia realmente algo en términos de crecimiento global, inflación, tipos de interés, precios de las materias primas, flujos de capital y liquidez de los mercados?”
En el caso venezolano, la acción militar estadounidense probablemente implicaría un aumento de la producción de petróleo y un mayor control de las expectativas de inflación. No es una perspectiva negativa para los mercados.
Obviamente, pueden surgir dudas sobre la legitimidad de que EE. UU. controle el petróleo venezolano y sobre la erosión del derecho internacional. Pero el mercado es muy cínico y presta poca atención a estos efectos de largo plazo.
¿Cuándo la geopolítica mueve realmente a los mercados? ¿Qué es lo que los asusta?
Intentemos hacer una lista de comprobación.
¿Qué es lo que realmente asusta a los mercados?
Entre los factores de origen geopolítico que pueden pesar sobre los mercados bursátiles se encuentran:
Incertidumbre: a menudo las amenazas mueven más a los mercados que la acción, si esta última reduce la incertidumbre. Cuando empiezan las guerras, los mercados suelen rebotar. La acción en Venezuela fue breve y focalizada; la incertidumbre se eliminó rápidamente. Si consideramos también la guerra comercial como una forma de tensión geopolítica, vimos el mismo efecto en abril con los aranceles: la incertidumbre inicial hundió los mercados, que luego repuntaron una vez fijadas las tarifas, aunque fueran sensiblemente más altas de lo esperado.
Inflación y política monetaria: 2022 nos recordó que los mercados se asustan cuando reaparece el fantasma de la inflación, especialmente si se vuelve difícil de prever. Si las crisis geopolíticas tienen un impacto duradero sobre las materias primas, el mercado puede temer presiones sobre precios y márgenes empresariales, así como políticas monetarias más restrictivas. Todo ello empujaría a la baja las valoraciones bursátiles.
Liquidez: los mercados de capitales actuales se han convertido en un enorme mecanismo de refinanciación. Cualquier factor que bloquee ese proceso y drene liquidez del sistema tiene efectos extremadamente negativos, ya que impone un desapalancamiento forzoso y liquidaciones de activos. En este sentido, un evento geopolítico se vuelve peligroso si provoca un aumento de la aversión al riesgo que desencadena un movimiento “hacia la inversión en calidad” (del inglés flight to quality), restricciones crediticias, aumento de recortes, sanciones al sistema bancario o de pagos, o ciberataques a bolsas o grandes bancos.
Flujos comerciales globales: una crisis geopolítica es dañina si tiene impactos relevantes sobre centros productivos globales y afecta a insumos sistémicos (chips, energía, transporte marítimo, etc.). Estas crisis dañan las cadenas de suministro globales, generan compresión de márgenes, recortes de inversión y presiones sobre los precios, con un efecto negativo sobre las perspectivas de crecimiento económico.
Por tanto, ante una crisis geopolítica, preguntémonos:
- ¿Produce un aumento significativo y prolongado de la incertidumbre?
- ¿Afecta a la energía y a materias primas sistémicas? ¿El aumento de costes y las interrupciones de las cadenas productivas pueden impactar en los beneficios empresariales?
- ¿Puede impulsar la inflación y cambiar la trayectoria de la política monetaria?
- ¿Puede desencadenar tensiones de liquidez y problemas de crédito?
Si la respuesta a estas preguntas es no, o solo marginalmente sí, la geopolítica puede ser mediáticamente relevante, pero financieramente secundaria.
La geopolítica en un contexto de “crisis permanente”
Desde 2008, la economía global vive en un estado de crisis casi permanente: crisis financiera global, deuda soberana europea, guerra comercial EE. UU.-China, pandemia, shocks energéticos, bancos regionales de EE. UU., guerra en Ucrania, etc.
Con el rescate del sistema bancario en 2008, la intervención extraordinaria de bancos centrales y gobiernos se ha institucionalizado de facto. Cada nueva crisis se convierte en el pretexto para nuevas medidas de apoyo: relajar o prolongar políticas fiscales expansivas, mantener condiciones monetarias más acomodaticias de lo previsto, comprar activos en el mercado e intervenir para garantizar la liquidez.
¿Las crisis justifican las intervenciones monetarias o fiscales?
A la lista anterior hay que añadir, por tanto, una última pregunta:
¿La narrativa generada por la crisis geopolítica ofrece una excusa creíble para nuevas intervenciones monetarias o fiscales?
El umbral es ya muy bajo. Por eso, en muchos casos, la respuesta tiende a ser “sí”, lo que puede generar expectativas positivas entre los inversores.
En un mundo donde la normalidad se ha convertido en la excepción, la geopolítica suele importar más como narrativa que justifica políticas acomodaticias que como shock autónomo sobre los precios.








